EL SENTIDO DEL 25 DE MAYO

Por Juan Javier Negri

En primer lugar debo agradecer la invitación que me hiciera el Dr. Brandam Bayá para ocupar esta tribuna. Su cordialidad me permite volver a encontrar a varios queridos amigos a quienes hace tiempo no veía. Me ha brindado también la posibilidad de releer algunas páginas de nuestra historia argentina, por la que siempre he sentido afecto e interés. Por la invitación y la ocasión, entonces, muchas gracias otra vez.

Intentar ser original al referirse al 25 de Mayo no es fácil. No será tampoco mi intención. Pero la dificultad del tema me trae a la memoria aquellas líneas de Lope de Vega:

"Un soneto me manda hacer Violante

                En mi vida me he visto en tal aprieto"

No obstante el tal aprieto, caben algunas reflexiones que quiero compartir con ustedes esta noche.

La primera de ellas surge al considerar la simple cronología de los hechos ocurridos en aquellos tiempos. Para 1810, habían transcurrido ya cuatro años desde que los vecinos de Buenos Aires se habían defendido solos de los ingleses, sin ayuda externa, y los habían derrotado. Liniers, que había liderado la reconquista y la posterior defensa y se había ganado en justicia el aprecio de los porteños y el cargo de virrey, había sido reemplazado por Cisneros, al ser desplazado por uno más de los tantos caprichos de la lejana autoridad española.

También habían pasado ya dos años largos desde la caída de España en manos de Napoleón, de la abdicación de Carlos IV y su hijo F ernando VII y de la designación de J osé Bonaparte, hermano del emperador francés, como rey de España. Varios meses habían pasado desde que esos hechos ocurrieron hasta que llegó noticia de , ellos a Buenos Aires. Esta era, a la sazón, una aldea humilde, la pobre capital del virreinato más pobre y lejano del imperio. Sin oro ni plata, sin recursos naturales que no fueran fruto del trabajo arduo de la tierra, Buenos Aires era el último confin del mundo. No había llegado aquí la nobleza titulada, ni altos jerarcas, ni tampoco existían demasiados argumentos para convertir a este rincón en un destino codiciado para emigrantes o funcionarios de la corona. No había universidad, y sólo cada tanto algún periódico efímero intentaba romper la monotonía de la vida local, limitada a las horas de luz natural ya la seguridad de los límites de la pequeña aldea. Los larguísimos días de navegación a merced de las tormentas, de los piratas o de los ingleses ( que a veces eran lo mismo) para llegar a la pampa sin árboles ni alambrados, sin piedra ni madera que permitieran construcciones no ya nobles sino al menos sólidas, y el desierto sin caminos y sin agua, con la constante amenaza de los indios, no hacían de las orillas del Plata un lugar atractivo o un refugio rentable.

Los cambios políticos ocurridos en la península a raíz de la invasión napoleónica no estaban destinados, en rigor, a producir consecuencias marcadas o inmediatas en las costumbres cotidianas, el modo de vida o los recursos de los habitantes de la zona. Aquellos acontecimientos podrían haber sido considerados tan sólo como un cambio meramente administrativo: muy pocos o ninguno de los residentes había visto jamás al rey de España; ninguno podía esperar que el cambio de dinastía afectara inmediatamente su vida o su fortuna; el gobierno efectivo seguiría desempeñándose a miles de kilómetros de distancia, sin tener demasiado en cuenta los intereses o la opinión de los escasos pobladores, ninguno de los cuales tenía o esperaba influencia política o económica en la corte lejana y distante. Muy pocos de los vecinos de Buenos Aires, seguramente, sentían mayor apego por los Borbones, esos reyes feos y gordos que Goya había retratado con impiedad. Por el contrario, después del desastroso y corrupto reinado de Carlos IV , de la profunda crisis económica generada por la parálisis del estado español, único comprador monopólico y consumidor autorizado de los productos del país, y de las políticas económicas equivocadas de Cisneros, el reemplazante de Liniers, podría haber sido hasta razonable que algunos consideraran que, con Napoleón, las cosas sólo podían mejorar. y sin embargo...

Y sin embargo, algo ocurrió. Esos hechos lejanos en la distancia y distantes en el tiempo generaron en Buenos Aires una reacción extraña, una vocación curiosa por determinar el sentido de pertenencia última de los vecinos, por esclarecer cuál era el sentido u orientación de sus lealtades, a pesar de la falta de intereses materiales inmediatos. Ninguno era todavía "argentino", y poquísimos tenían, seguramente, más de dos , generaciones en esta tierra. Esta es, entonces, la primera reflexión que quiero compartir con ustedes esta noche: la naturaleza, calidad y extensión del debate intelectual de los participantes en los hechos de Mayo acerca de cuestiones tales como la naturaleza del vínculo con España y el lazo con la Corona ( conceptos profundamente diferentes entre sí), la extensión de la soberanía española o la legitimidad de los representantes reales es reveladora de una honda preocupación por la cosa pública.

Las actas del Cabildo Abierto del 22 de Mayo revelan un debate político profundo, de una solidez intelectual sorprendente, donde se esgrimen y argumentan, por ambos lados, conceptos de la ciencia política contemporánea con un conocimiento de causa y una habilidad prodigiosas. No es un debate sobre personas; no se han reunido para insultarse entre sí o para insultar a Cisneros, a Liniers o a Saavedra. No se trata de remover una casta dominante, como podría haber sido la de los españoles residentes; no se trata de sacudir el yugo de un ejército ocupante; no se trata de criollos contra peninsulares ni de republicanos contra monárquicos. El debate de Mayo es un debate sobre ideas, y, una vez más, llama la atención la riqueza y vigor intelectual de los argumentos en pugna y de la calidad de los contendientes. Los resultados de ese debate son los que determinan luego la conducta popular; no la fuerza de las armas, no la violencia, no el truco, la trampa o la traición: sólo las ideas, expuestas simplemente por los hombres comunes, por el cura, por el fabricante de jabón, por el abogado, por el funcionario público o el profesor .

En pocas palabras, hay en nuestros hombres de Mayo una profunda, espontánea y curiosa inquietud por el destino de la sociedad que ellos integran, más allá de intereses materiales directos o inmediatos. Esa es una de las grandes lecciones de Mayo; ésa es una de las enseñanzas que debe quedar en nuestro bagaje cultural: éste, nuestro país, esta desgraciada porción de tierra en los confines del planeta, tuvo origen en un debate intelectual y filosófico que, en definitiva, versaba acerca del amor a la patria. Patria aún no nacida; patria aún en proyecto, patria envuelta en los vahos de un nacimiento incierto.

Se desprende de ello una segunda reflexión, múltiple y variada: esta nación nuestra surgió de la preocupación y del interés de algunos, de unos pocos integrantes de las clases ilustradas, por la cosa pública. Hubo cuatrocientos cincuenta invitados al cabildo abierto del 22 de mayo; la mayoría de los invitados españoles no asistió. Los presentes no pasaron de doscientos cincuenta. ¿Qué pasó por la conciencia de los doscientos vecinos que se quedaron en sus casas? Si es cierto que llovía, algo tan simple y noble como el agua los marginó del curso de la historia. Pero parece claro que esa historia fue escrita por algunos, no por todos.

No pretendo ser elitista, pero es claro para mí que las clases dirigentes no llevan ese nombre en vano, ni deben llevarlo. Como he dicho, la clase dirigente de Mayo de 181O tenía la preocupación por su terruño y su propia dignidad de hombres libres como nociones fundamentales; ésas eran las bases de su preocupación por la cosa pública, por la existencia misma de una comunidad de intereses.

Nosotros conformamos, en nuestra pequeña y sencilla manera, un sector de la clase dirigente. No nos quitemos el sayo: pertenecemos a una institución de servicio a los demás ya la comunidad; no de servicio a nosotros mismos. Hoy, la hora Argentina nos exige a todos, en la medida de nuestras posibilidades, repetir los gestos y actitudes de Mayo: de desinterés personal, de amor a la tierra en la que vivimos, de conocimiento del sentido de qué somos y en qué nos queremos convertir. Los que estamos aquí esta noche, los socios de este club, los socios de todos los clubes rotarios argentinos, los integrantes de las entidades que estructuran la sociedad argentina, los argentinos bienpensantes, los que llevamos con honor el título simple y digno de ciudadanos de una república, no debemos ni podemos desoír el ejemplo de esos comerciantes, profesionales, clérigos y militares que, sIn Intereses monetarios o económicos inmediatos, llevaron adelante un debate preclaro sobre la naturaleza y función de la autoridad, y empujaron a través de la lucha de ideas la noción de libertad. La libertad no está hoy en juego, afortunadamente, pero sí están en juego los valores que, como la decencia, la honradez, la rectitud y transparencia de las intenciones, constituyen la savia nutriente de las instituciones que integramos y de la sociedad en la que nos toca vivir, conforman su historia y edifican su futuro.

Me siento tentado a decir que nuestras reuniones rotarias son, a su manera, pequeños cabildos abiertos en los que los sectores representativos de la sociedad discuten y cambian ideas entre sí. Estoy tentado a decir que la sociedad, como lo hizo en 1810, espera hoy mucho de nosotros. Quizás no podamos modificar la historia; quizás ni siquiera podamos mejorar la sociedad; quizás ésas no deban ser siquiera nuestras intenciones. Pero, a falta de metas más nobles o más dignas, sintamos el deber y la obligación de cumplir nuestros respectivos papeles en la sociedad. y si la propia sociedad nos resulta un ámbito o concepto demasiado amplio, cumplamos esa tarea en la institución a la que pertenecemos, en el barrio, en la iglesia, en la familia. Pero no nos dejemos molestar por la lluvia.

 

 

 

 

 

 

 

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